ESPECIALISTAS DEL MIEDO

Uno

Siempre que le preguntan al escritor Juán José Millás, columnista de El País, autor de El mundo por el que obtuvo el premio Planeta, en qué disco o película se quedaría a vivir, viene a decir lo mismo: «Coño, que tengo claustrofobia. Sólo la idea me pone los pelos de punta. De modo que dejad de preguntarme en qué película o en qué disco me quedaría a vivir porque es como preguntarme en qué ascensor preferiría quedarme atrapado. Y no volváis a decirme que se trata de una pregunta retórica. Lo sé, es un modo de hablar, nadie se va a quedar encerrado en un disco o en un filme, tampoco yo, pero cosas más raras han ocurrido».

Y no tan raras, como quedarse encerrado en la célula narcisista madre-hijo. También la castración es una manera de hablar, porque en el mejor de los casos es simbólica, pero no por eso menos necesaria y estructurante para el sujeto. De todo esto y más, nos habla Millás en su novela autobiográfica El mundo. El mundo que se ve cuando uno logra salir a la calle, al no quedarse atrapado en un bolero, que como descubrió este autor en el diván, «la receptora de ese género popular dedicado a los amores imposibles, desgraciados, quiméricos, jamás es la mujer: es la madre». Novela, pues, como elaboración literaria de una escisión neurótica (que no enfermedad) que hace de su autor un especialista en inhibición, síntomas fóbicos y angustia; y que ha hecho de la escritura un dispositivo que abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas… mucho mejor que el fallido bisturí eléctrico de su padre. Si hay alguien que sabe transmitir como nadie el saber de los pacientes, ese es Millás: «el miedo me hace huir siempre hacia lo que temo».

Dos

Decía Fernando Pessoa que:

Había que estudiar al artista exclusivamente como artista, y del hombre no introducir en el estudio más que lo rigurosamente preciso para explicar al artista».

Si siempre ha de ser así, con más razón al hablar de los personajes literarios de Ray Loriga (1967), ya que todos ellos son especialistas del miedo… de su creador. Según Loriga:

Lo peor de todo (1992) de la infancia, adolescencia y juventud, es que se pierden, y si no lo asumes -previa elaboración- estás perdido.

En el repertorio literario de Loriga abundan los que se sienten perdidos porque no encuentran el camino de vuelta a casa. Aunque muchos son los perdedores, pocos los derrotados. Perdedores de su infancia, adolescencia y juventud, pero supervivientes al fin. Son más los relatos sobre Héroes (1993), porque son supervivientes a/de sus pérdidas. Heridos en su narcisismo eso sí, pues, parecen ángeles Caídos del cielo (1995). Dicho de otra manera si te caes de la higuera y sobrevives eres un héroe, pero también un extraño, pues, el futuro estará lleno de Días extraños (1994), e incluso de Días aún más extraños (2007). Algunos ejemplos: «Ahora me acuerdo mucho de mi madre porque cuando era pequeño no importaba demasiado donde me quedara dormido, siempre me despertaba a su lado. (…) Necesito alargar el espacio de tiempo que separa las caídas y sobre todo necesito caer de otra manera, en otro sitio. (…) Lo que sé: no siempre soy lo que quiero. De ahí la importancia del disfraz. El disfraz es la verdadera intención. La verdadera voluntad. El disfraz obliga». El disfraz del miedo como acompañante contra-fóbico. Un buen ejemplo de los recursos del superviviente o soluciones de compromiso, que no patologías. «Sentirte como Jim Morrison no te convierte en Jim Morrison, pero no sentirte como Jim Morrison te convierte en casi nada. Yo nunca saldría a la calle sin sentirme como Jim Morrison o Dennis Hopper por lo menos. (…) Hace algunos años, dos creo, alguien me ofreció la oportunidad de entrevistar a Charles Bukowski en su casa de Los Angeles. No pude. Me asustó la idea de ponerme delante de un hombre a quien quería realmente sin que él tuviera ni la menor idea. Había algo ilegítimo en ello. Y sobre todo, me dio miedo que pudiera darse cuenta de todo lo que le había robado. Supongo que él sentía algo parecido cuando pasaba de puntillas por debajo de la pensión en la que había vivido Jonh Fante. Todos los escritores reconocemos miles de influencias, pero siempre le tememos al verdadero padre. Ahora que ya casi no me queda nadie, muerto Bukowsky y muerto Carver, tengo la obligación moral de abrir mi maleta y empezar a sacar de ella todos los trajes que no son míos. No para devolverlos, ray lorigasino para enseñarlos con orgullo antes de robarlos para siempre». No fue tan directo y claro el académico Harold Bloom cuando escribió sobre La angustia de las influencias.

El que en primera instancia quiso ser estrella de rock and roll, se quitó todos los disfraces cuando se asumió como escritor; y con el relato Tokio ya no nos quiere (1999)consiguió el reconocimiento literario definitivo. No es para menos. En esta novela, el autor nos trasporta a un ambiente futurista donde la química lo domina todo, poniéndose de moda una droga para borrar la memoria a gusto del consumidor, es decir, a corto o largo plazo, y como efecto secundario de las que se venden legalmente como medicación psiquiátrica. El daño colateral de vivir a toda pastilla es que se olvidan hasta de tomar las pastillas de freno, que canta Estopa. Si en la vida, como en la liga, llega un momento en que se tiene que jugar el partido de vuelta. Y si en el de ida se lucho contra el miedo con toda la energía potencial de la adolescencia y la juventud, en el partido que fijará el resultado final las fuerzas son ya otras y se juega contra la memoria, y siempre a la defensiva. De allí que los personajes de este relato pretendan ser más libres y más fuertes no teniendo nada que recordar ni nada que olvidar, es decir, la nada por montera. En el transcurso del relato, el arma de doble filo que es la memoria va perforando un círculo que acabará siendo el agujero, vacío existencial del no-futuro del protagonista. Se quiere eliminar la memoria porque es el recuero del miedo, y se acaba olvidando el saber de la experiencia acumulada, sobre, con y contra el miedo. Por alguna razón que se le escapa al discurso positivo, que no al autor,

«solo después de olvidar eres completamente inocente y por eso mismo definitivamente culpable». Y es que:
“cuanto más lejos se está de uno mismo, más ansiedad se sufre, y cuanto más cerca más angustia”.

En su última novela: Ya sólo habla de amor (2008), y tal como nos dice su autor, «cuenta la historia de un hombre que se niega a moverse en ninguna dirección, y las razones que le han llevado hasta ahí. La razón de no dar un paso es el amor y la razón para no hacerlo también. Se encuentra en una paradoja que no puede descifrar. Es un hombre que se mueve sólo por amor y por amor no puede moverse». Y en el inicio del texto leemos: «Esta historia, la de Sebastián, sucede sólo en un momento, en el momento preciso en el que Sebastián se siente incapaz de bailar con una mujer preciosa, Mónica, en la sala de baile de la Embajada suiza». Si Sebastián ha salido del refugio que son las palabras, y de su país, es porque ha sido invitado a Berna como escritor y ponente al congreso sobre la figura de Robert Walser. (Otro que tal). Por el título del congreso: Derrota y Literatura, se diría que él es el invitado de honor, o como botón para la muestra, pues, partió tras la promesa de un baile y se encontró con su inhibición para bailar. Y es que, «todo lo que Sebastián había sido en realidad, sucedió hace muchísimo tiempo, y ahora, como bien dice su portera, se ha vuelto loco del todo y ya sólo habla de amor. (…) Vergonzosos terrores nocturnos le sacuden como a un niño en cuanto sale la luna…(…) Había sido guapo en otro tiempo, pero nunca supo muy bien qué hacer con eso, y del daño causado se sentía sólo en parte responsable, pero del todo culpable. (…) Apenas comía, y la tristeza le sujetaba por el cuello con la fuerza de un gorila, y de sus días de bravura apenas le quedaba un impreciso recuerdo. (…) A sus cuarenta años era una adolescente anoréxica (…) A veces mira a las mujeres con un amor verdadero que aparentemente no dura nada. Y luego se esconde, y a escondidas, las ama en silencio y para siempre. (…) Su maldición no era exactamente su maldad, su maldición era el compromiso. (…) Sebastián es capaz de imaginar alguna clase de victoria, por más que sea incapaz de consumarla. (…) Y es que Sebastián, desde niño, estuviera donde estuviera se imaginaba siempre en un lugar distinto, que no mejor. Su madre se lo decía a menudo, no estás a lo que estás, pero él silbaba y se hacía el listo, y ahora ya era tarde. (…) Cualquier tratado de paz, aunque se llame derrota, es preferible a un guerra que ya no se puede ganar. (…) Se diría que Sebastián no tenía manos. Que no era capaz de agarrar lo que tenía delante sino después de haberlo perdido. (…) Pese a lo incomodo de la situación, Sebastián tomó la decisión de no moverse. No podía avanzar, pues Mónica esta ya enzarzada en una animadísima conversación con el joven suizo, llena de risotadas y aspavientos. (…) Todo este asunto del baile, de verla a ella bailar y ser incapaz de coger su mano y bailar con ella, que es de hecho todo lo que desea hacer en este mundo, no es sino el síntoma real de una larguísima enfermedad inventada. (…) No sabe bailar y lo sabe o lo intuye, como se intuyen los fracasos del futuro, idénticos en forma y fondo a los fracasos del pasado. (…) No sabía bailar y lo sabía, pero tampoco podía ignorar las razones que le habían llevado hasta la sala de baile. (…) El miedo crecía, a su velocidad acostumbrada, ni muy deprisa ni muy despacio, y se iba volviendo sólido y real, como no lo eran el resto de las cosas. (…) El suizo, el joven y apuesto suizo, mientras tanto, bailaba cada vez más cerca de Mónica y Sebastián, aturdido por otra de las derrotas que él mismo, como siempre, había provocado, decidió salir por fin al jardín. (…) Así que una vez más transformó su miseria en orgullo que para esto y sólo para esto era un alquimista prodigioso y se apoyó en el sauce llorón con fuerza, como quien marca una posición de defensa. Y allí enrocado en sí mismo, se juró en voz alta ¡se va a enterar el chaval este! (…) Podía, eso sí, volver la vista atrás un poco, hasta ayer, que en cualquier caso le parecía ya una distancia desmesurada, y a lo mejor, su ayer arrojaría un poquito de luz sobre este hoy tan desconcertante». Luz que atraviesa el sauce llorón y se convierte en lucidez: «… a menudo me invento un amor colosal que no es sino la mudanza de los muebles del amor ya perdido. (…) … porque estaba cansado de buscar en las mujeres un consuelo para su enfermedad y cansado de odiarlas después por la ineficacia de sus tratamientos de cura. (…) Sebastián supo, y lo supo junto al sauce, que cualquier forma de amor le recordaría siempre y dolorosamente al amor que conocía. Pero no encontró en ello ningún mal, y se abrazó al amor que fue capaz de dar un día, como una madre se abraza a los soldados que no regresan de la batalla. (…) Volvería a querer, de eso no le quedaba ya ninguna duda, y tal vez (seguramente en realidad, para qué engañarse más), volvería a querer lo que ya había querido. Y hasta puede que se presentase la misma mujer, u otra muy parecida, con un vestido distinto, más largo, más corto, más alegre, más serio, más sensato, e incluso tratase de engañarle con un nuevo peinado, pero sería la misma. Una sola mujer y un solo vestido. Una verdad recordada, en lugar de una mentira repetida. (…) En ese lugar que los místicos llamaban, con alarmante arrogancia, la cárcel del mundo. Ese lugar en el que el joven y arrogante Kierkegaard dibujó el infierno de sus limitaciones, donde todos los que no son capaces de amar lo real imaginan la victoria, o peor aún, subliman la derrota».

Sin embargo, hacerse escritor para elaborar el miedo a estar dejando escapar algo y el miedo de estar agarrando lo que no es, no me parece lo peor de todo, sino lo posible: una solución de compromiso.

Parafraseando a Loriga: «Si en algo coinciden las distintas escrituras [la de Millás y Loriga] es en el empeño por construir frente a la vagancia de aceptar».

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