Dolor, cuerpo y mente

Dolor, cuerpo y mente están unidos.

No podemos abordar al sujeto, ni a la experiencia de dolor si no tenemos en cuenta que ambos son consecuencia del un entramado biopsicosocial. El dolor emerge en la intersección de cuerpos, mentes y culturas.

El dolor es inalienable, pertenece exclusivamente a la subjetividad, eso es, que no se puede compartir. Nadie va a poder sentir mi dolor y el sufrimiento del otro no va ser el mío, ese otro dolor va a pertenecer a otra subjetividad, de ahí la soledad del que la padece y la gran dificultad para tratarlo.

Cuando hablamos del dolor aún hay una gran tendencia a hacer una división entre el dolor físico y el dolor psíquico o moral. Este planteamiento tiene que ver con una herencia cartesiana que aún hoy arrastramos y que tiene que ver con la división entre cuerpo y mente en compartimentos estancos y separando a su vez disciplinas como son las neurociencias, las disciplinas sociales, culturales y artísticas. Pero esas teorías que defienden esa separación están francamente en crisis y diferentes voces, empezando por la neurología más puntera pone en cuestión esa teoría dualista y afirman que cuerpo y mente son dos formas diferentes de nombrar lo mismo.

Las mentes de los individuos y las culturas humanas específicas, conforman o modifican decisivamente la experiencia del dolor.
Nuestra cultura moderna consiguió convencernos de que el dolor es un problema exclusivamente médico, pero el dolor excede ampliamente a las cuestiones de nervios y neurotransmisores.

Para comprender el dolor es preciso el diálogo interdisciplinar y especialmente el diálogo con aquel que lo sufre.
Ahora bien, nos topamos ante una dificultad; el dolor es un material resistente al lenguaje, el dolor es silencioso, sin embargo los escritores y los sufrientes intentan poner palabras a algo que, por si mismo, es resistente a la articulación simbólica.

René Leriche en 1937 denominó “dolor viviente” el dolor experimentado fuera del laboratorio y no reducido a un código universal de impulsos nerviosos, el ninguneado encuentro entre el dolor y el significado.
Las voces capturadas o creadas en la escritura nos ayudan a recuperarlo.
El escritor construye su relato de forma entrecortada, laberíntica, fragmentada e intuitiva, a través de encuentros huidizos y despuntados. Creando una historia donde el tiempo es “otro tiempo” , el tiempo del “dolor viviente” donde los orígenes y los finales se confunden , pero si el “otro de la escucha” permite prestar su “este tiempo” , su escucha amable, quizás pueda cazar, perfilar un argumento, una dinámica que permita bordear ese dolor y de esa manera abordarlo lo más adecuadamente posible.
Y aunque el dolor es hasta cierto punto inefable y ante su presencia, el lenguaje directo huye y busca refugio en la metáfora, encontramos relatos sobre el dolor de la pluma en nuestros más grandes escritores desde Virginia Wolf, Emili Dickinson a Juan Grácia Armendaraiz.

Juan García Armendaraiz es un escritor pamplonés que escribió una trilogía que denominará “la trilogía de la enfermedad” : “Línea Plismoll”, “Hombre pálido” y “Piel Roja”, donde de forma autobiógrafica , hablará alrededor de su experiencia como enfermo, sometido en dos ocasiones a un trasplante de riñón.
Transcribo un párrafo de “Diario de un hombre pálido”:

“Día setenta y dos”: ”La sensibilidad de un atleta con su cuerpo se parece mucho al vínculo que establece el enfermo con su carcasa. Los deportistas han aprendido a escuchar a su cuerpo, del mismo modo que el enfermo se ausculta para percibir la más mínima deflagración interna, un dolor que se anuncia como una precipitación de moléculas, una revolución de células, unas décimas de fiebre. Así el atleta atiende a las indicaciones de su biomecánica… “La enfermedad, como la actividad física de los deportistas de élite, despiertan nuestra inteligencia corporal.”

Tanto el escritor como el enfermo habla, como hemos dicho, de forma entrecortada y escurridiza de ese dolor resistente a la articulación simbólica.

El dolor mata al sujeto pero en tanto el dolor se intenta apalabrar, narrar, dibujar, ponemos un cierto límite a esa afección y el sujeto puede volver a tomar, de alguna manera, las riendas de su ser.
Pero de la misma manera que el dolor es difícil de apalabrar, ese apalabramiento requiere de una escucha. Pero escuchar no es fácil, la escucha requiere: ante todo un esfuerzo, escuchar las razones, buscar la verdad del otro. Escuchar es saber leer lo que se dibuja a través de ellas. No se aprende a escuchar de golpe, es todo un proceso. La escucha es una acto de amor y requiere necesariamente la dualidad.
Foucault dijo en un conocido postulado , que la medicina moderna comenzó cuando los doctores dejaron de pedirles a sus pacientes que hicieran un relato de su enfermedad para pasar a plantear una pregunta centrada en la biología, dónde le duele?

“Normalmente, cuando el dolor se apodera de uno, el yo todo entero se convierte en dolor. Cuando “me” duele yo soy el dolor.” Chantal Maillard

“Al final de la mente, el cuerpo. Pero al final del cuerpo, la mente.” Paul Valéry

“Los mortales todavía no son dueños de su esencia. La muerte se refugia en lo enigmático”. El misterio del dolor permanece velado” Martin Heidegger

“El hombre no se destruye por sufrir, el hombre se destruye por sufrir sin ningún sentido”.V. Frankl

Isabel Cavallé

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