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Terremotos emocionales bajo nuestro pies

Crisis, quiebre, algo que se rompe, son las palabras con las que intentamos describir las vivencias y emociones que sentimos al afrontar algo que sentimos que se sale de lo normal, como si fuesen terremotos emocionales.

Todos nosotros en algún momento debemos afrontar cuestiones que sentimos que se salen de lo normal, y para la cuales no nos funcionan los recursos que hemos utilizado y con los que hemos vivido habitualmente.

En este sentido, una crisis, entendida como el momento en que surge un importante malestar psicológico, venga provocada por un fenómeno externo (separación, enfermedad, cambio imprevisto…) o venga directamente de nuestro interior sin que nada externo haya cambiado, siempre nos genera sensaciones emocionales muy doloras (a veces casi inaguantables) de angustia, desesperación, tristeza, incertidumbre… es a eso a lo que me refiero cuando hablo de terremotos emocionales.

Siendo cierto lo que comentaba anteriormente de la intensidad y lo difícil de transitar determinadas cuestiones emocionales (sobre todo aquellas que tienen que ver con la angustia), creo que el enfoque de tratar de reducir el malestar a toda costa -incluso químicamente- sin poder plantear ningún cuestionamiento de porque determinada vivencia nos ha desequilibrado tanto, o de porque -y que significa para nosotros- determinada constelación de síntomas que ha emergido de nuestro interior; es errado en el fondo, a pesar de atender y aliviar de manera inmediata el sufrimiento de las personas.

En este sentido, pienso que el tratamiento y la orientación psicológica ante estos terremotos emocionales tienen que poder poner un interrogante en el malestar que se siente, poniendo precisamente a la persona que lo sufre en disposición de realizar un recorrido personal que le permita cambiar cosas: si no hay preguntas, cuestionamientos, revisión de áreas de la vida (precisamente porque hay cosas que no encajan o se han desencajado) difícilmente habrá un cambio interno que parta de la persona consultante, que es el único que realmente puede llegar a curar.

Si la opción del tratamiento es -solo- tragarse una pastilla, o suprimir determinados pensamientos y emociones y cambiarlos por otros “más correctos”-, sin poder abrir verdaderos cuestionamientos de temas muy centrales en la vida, es difícil que se den cambios verdaderos y profundos que puedan hacer otra cosa de este malestar; por otra parte, alivios, alivios hay muchos, y de muchos tipos, pero no tienen que ver con un trabajo real de progreso y maduración de la persona.

En este sentido, los problemas que suelen plantearse al trabajo como yo lo vislumbro tienen que ver con que este tipo de intervenciones suelen ser más largas en el tiempo (se trata de desanudar nudos a veces muy antiguos y consistentes) e implican una participación y una implicación distinta de la persona mucho más allá de hacer lo que se le ordena -o incluso de plantear que el profesional es el que tiene el saber de una manera monolítica y sin matiz-.

Efectivamente es un enfoque que implica que la persona se vaya movilizando, y eso puede tener incomodidades y algún dolor por el camino, pero se trata de dar la palabra a la persona para empoderarla y hacerla protagonista de su propia historia, dado que contemplamos que nuestros pacientes, siempre según sus propias posibilidades, tienen la capacidad para hacerlo. El prescribir, ordenar, sugestionar, pautar, enseñar, sin permitir al otro desplegar todas sus cosas es una manera de no tenerle en cuenta y no creer en sus verdaderas posibilidades.

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