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TOC, El trastorno silencioso

El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) es peculiar en el mundo de la psicoterapia. Tiene una prevalencia considerable (entre el 1% y el 2,5 % de la población lo padece) pero aparecen relativamente pocos casos en las consultas psicológicas. Vamos a ver en qué consiste y cómo podríamos explicar esta paradoja.

Como su nombre indica, el TOC suele caracterizarse por dos síntomas principales: obsesiones y compulsiones. Los primeros son pensamientos, impulsos o imágenes que aparecen en la mente de manera repetitiva o recurrente y suelen ser vividos como intrusivos y generar malestar. Los segundos son comportamientos o actos mentales que la persona afectada realiza para reducir la angustia que siente ante las obsesiones y/o para evitar alguna situación negativa. Por lo tanto, las compulsiones tienen el efecto inmediato de reducir la ansiedad, por lo que quien las hace piensa que son útiles y positivas. No obstante, las compulsiones ayudan a mantener, reforzar e, incluso, agravar el trastorno.

Las obsesiones y las compulsiones suelen darse conjuntamente en el TOC, aunque puede predominar más un tipo de síntoma (los casos 100% sólo obsesivos o compulsivos son infrecuentes). Por otra parte, podríamos poner muchos ejemplos de síntomas TOC. Uno de los más conocidos es el de aquellas personas que se lavan muchas veces las manos para combatir una posible contaminación (las manos son la parte del cuerpo que más fácilmente se ensucia).

En general, podemos hablar de dos tipos de factores causales en el trastorno: los de vulnerabilidad a padecer TOC y los que precipitan que se origine o empeore. Entre los de vulnerabilidad, distinguimos los biológicos (genética, cerebro “sensible” o que se alarma fácilmente, neurotransmisores cerebrales…) y los psicológicos (educación de los padres de excesiva exigencia y/o inseguridad; rasgos de personalidad como ser demasiado responsable, perfeccionista y/o moralista; creencia de que hay que controlar los pensamientos y/o que pensar una cosa es sinónimo de que se desea o es realidad; baja autoestima; tendencia a rumiar o dudar; traumas pasados; etcétera). Por otra parte, los factores que suelen precipitar que el TOC se ponga en marcha o se agrave son también diversos: estrés, cambios vitales, etapas de mayor responsabilidad, depresión, aislamiento social, alteraciones en sueño o alimentación…

En cuanto a tipos de TOC, hay muchos y no son excluyentes entre sí: lavadores/limpiadores (angustia ante la idea de suciedad o contaminación), verificadores (comprueban repetidamente sus acciones para evitar daño a sí mismos u otros), repetidores (hacen una conducta un determinado número de veces), ordenadores (experimentan malestar ante lo que consideren desordenado y/o imperfecto), acumuladores (coleccionan o acumulan objetos y lo suelen hacer por miedo a no tenerlos si los necesitan) y ritualizadores mentales (pueden tener obsesiones como miedo a dañar a alguien, pensamientos sexuales que los angustian, miedo a una catástrofe futura o a la crítica de otras personas… y tratan de sentirse mejor realizando actos mentales como rezar, repasar mentalmente lo que hacen o piensan, repetir frases o palabras, debatir consigo mismos y utilizar imágenes o palabras mentales para calmarse).

Teniendo en cuenta lo que hemos visto y las consecuencias tan negativas que puede tener el TOC, ¿por qué se consulta y trata relativamente poco? Una de las razones principales es la vergüenza que provoca el trastorno en muchas personas que lo padecen, que incluso pueden llegar a sentirse culpables de lo que les pasa. Pueden creer que es una señal de que son débiles o están locos y, por eso, intentan esconder el trastorno ante los demás y llegan a no consultar a profesionales. Otro motivo importante puede ser la evitación de consultar porque creen controlar el trastorno mediante las compulsiones o por miedo a sufrir a causa del tratamiento. Tampoco es infrecuente que las personas afectadas consideren las obsesiones y compulsiones como simples “manías”, algo muy habitual en los niños. En los casos que sí acuden a profesionales de salud mental, a veces lo hacen por otras cuestiones como síntomas depresivos o problemas en las relaciones sociales (que pueden ser consecuencia del trastorno) y el TOC pasa desapercibido. A todo ello, podríamos añadir que el TOC causa sufrimiento en uno mismo pero no suele tener tanta repercusión como otros trastornos en las personas que el afectado tiene a su alrededor, por la que es menos probable que lo animen a pedir ayuda profesional.

En consecuencia, como puede deducirse, el TOC tiende a ser un trastorno que se padece en silencio. Por lo tanto, es fundamental que rompamos ese silencio e intentemos darle solución. Porque el TOC se puede tratar y, al hacerlo, ganamos en salud y bienestar y nos damos una nueva oportunidad.

MIQUEL IZQUIERDO

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