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Conocer el duelo

  El duelo está relacionado con la pérdida, ya sea de un ser querido o de algo más simbólico o complejo (un trabajo, un vínculo como puede ser el caso de la pareja, posición social, un proyecto o meta deseados…). En este artículo, nos vamos a centrar en el primer tipo de pérdida, aunque muchos aspectos son aplicables a otras diferentes. Revisaremos el duelo desde el punto de vista personal, familiar y social, con un apunte breve sobre el duelo infantil, y dejaremos para un artículo posterior el abordaje de algunas características que hay que tener en cuenta en su intervención, así como técnicas útiles en este sentido.

  Desde la vertiente individual, conviene enfatizar que las manifestaciones personales del duelo pueden ser muy variadas y no necesariamente patológicas (en todo caso, los criterios de intensidad, gravedad y duración excesivos nos podrían hacer sospechar de un duelo patológico). En cuanto a las emociones posibles, la persona puede experimentar un amplio abanico: tristeza, rabia, culpa y reproches (hacia uno mismo y/o los demás), ansiedad (miedo a la muerte, sensación de no poder continuar sin el ser querido…), soledad, fatiga, shock, insensibilidad, alivio (especialmente en casos de enfermedades largas y/o dolorosas)… También aparecen a menudo sensaciones físicas asociadas que pueden llevar al individuo que hace el duelo a acudir al médico. En lo relativo al pensamiento, las reacciones posibles también son diversas: incredulidad, confusión, preocupación, sensación de presencia del ser querido que ha muerto e, incluso, visión de éste (fenómeno que inicialmente es normal y, en todo caso, plantea la polémica sobre aspectos espirituales). Respecto a las conductas del individuo afectado, algunos ejemplos habituales son los problemas de sueño y/o alimentación, aislamiento social, soñar con el ser querido, buscar y decir su nombre en voz alta, llorar, suspirar, realizar actividad para “no sentir”, evitar recordatorios del ser perdido, visitar lugares y colocar (y/o llevar) objetos que lo recuerden…

 ¿Qué características hacen más o menos probable que un duelo se pueda complicar? Se han identificado algunos factores clave que ayudan a explicar este punto:

  • Tipo de vínculo con el ser querido (fuerza del vínculo, necesidades que cubría, grado de ambivalencia y conflictos, dependencia…) y lo que la relación implicaba en cuanto a expectativas o esperanzas.
  • Tipo de muerte (proximidad geográfica, si fue repentina o esperada, posible aspecto violento o traumático, única versus múltiple, posibilidad de haber sido evitada, presencia de estigma en casos como suicidio o muerte por SIDA…).
  • Antecedentes de salud mental de la persona que hace el duelo y pérdidas previas (recordemos que se suelen reactivar).
  • Personalidad de quien atraviesa la situación de duelo (edad y sexo, afrontamiento, tendencia del vínculo, autoconcepto/autoestima, creencias y valores…).
  • Variables sociales, como el apoyo recibido por parte del entorno (es importante que no sea sólo al inicio), roles sociales del individuo (mejor pronóstico si son variados) y recursos religiosos si procede.
  • Tensiones y dificultades actuales más allá de la pérdida y el duelo correspondiente.

  Desde el punto de vista familiar, la pérdida implica la muerte simbólica de la familia tal y como era. En consecuencia, se suelen poner en marcha determinados mecanismos defensivos de la integridad familiar como un reagrupamiento de la familia nuclear, un mayor contacto con el resto de la familia y personas afectivamente cercanas, una reducción de la comunicación con el ambiente externo, una tregua en los conflictos familiares existentes y una mayor tolerancia de conductas de debilidad de los miembros familiares que reclaman apoyo y protección. No obstante, esta descripción óptima se cumple en cada caso en un grado muy variable y no son extrañas las dificultades familiares, especialmente en lo relativo a permitir y dar una respuesta adecuada a las expresiones emocionales del duelo de cada miembro.

  En algunos casos, la familia identifica a uno de sus miembros como la “víctima de la pérdida” y el resto pueden carecer de la atención y el apoyo adecuados en su propio proceso de duelo. Incluso se pueden transmitir a los miembros “sanos” mensajes del tipo “de ahora en adelante tienes que cuidar de él (o de ella) ya que esta muerte le ha afectado mucho”. Relacionado con este aspecto, las reacciones de duelo de algunos componentes de la familia pueden no ser bien entendidas o malinterpretadas (por ejemplo, “no siente la muerte de su padre” o “ni siquiera ha pedido unos días de baja en el trabajo, ¿cómo puede continuar como si nada hubiera pasado?”). Por otra parte, es posible que aparezcan determinadas reacciones previas o posteriores a la muerte que compliquen el duelo familiar, como una culpabilización del sistema sanitario (la rabia es más fácil de manejar que el dolor) o un reavivamiento de conflictos familiares previos (por ejemplo, a causa de antiguas alianzas o coaliciones, o de enfrentamiento entre una de las familias de origen y la familia nuclear). También pueden observarse a veces reacciones curiosas como es el caso de identificaciones de determinados miembros familiares con la persona que ha muerto (que pueden llegar a mostrar síntomas o una enfermedad similares a éste) y/o atribuciones de roles o características del ser perdido en otros miembros (“mi hijo ahora es el hombre de la casa”).

  En lo relativo a la vertiente social del duelo, es muy relevante que las personas afectadas por la pérdida reciban el apoyo y reconocimiento de su entorno. En este sentido, los rituales funerarios y otros relacionados facilitan esta conducta social y, en general, ayudan a marcar la transición. No obstante, a pesar de que se continúan celebrando en la actualidad, han perdido parte de su sentido y profundidad originales como sucede con otros muchos rituales sociales. De hecho, el debilitamiento general de los vínculos entre los individuos tiene el efecto de agravar algunos casos de duelo ya que favorece la sensación de soledad y la pérdida de identidad compartida.

  Respecto al duelo infantil, hay que tener en cuenta que muestra diferencias con el duelo adulto, especialmente en cuanto a sus manifestaciones y la comprensión de la muerte. En general, los niños suelen expresar una gama de emociones más variada y menos sostenida. Es decir, por ejemplo, pueden parecer tristes en unos momentos  y, en otros, estar jugando o haciendo tareas como si nada hubiese pasado. Y esta variabilidad es natural y usual. Por otra parte, hay aspectos del duelo infantil que merecen especial énfasis como un posible sentimiento de culpa por la muerte (aparentemente más irracional), la necesidad que tienen de que se les demuestre que serán cuidados y estarán seguros a pesar de la pérdida (especialmente si la muerte es de alguno de los padres), y las fantasías frecuentes sobre la muerte (por ejemplo, la idea implícita de que el ser querido puede volver a la vida en algún momento). En relación a este último punto, conviene no olvidar que los niños, según la edad y conocimientos, mantienen una idea de la muerte con características peculiares.

  MIQUEL IZQUIERDO

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