Ilustración J.C. Ruiz Castro

VIVIR LA ESQUIZOFRENIA

La esquizofrenia es quizás el trastorno psicótico más conocido. El 1% de la población mundial padece este trastorno, así que, quién más o quién menos, tiene algún conocido, familiar o amigo con este diagnóstico.

Cuando a una persona le diagnostican esquizofrenia, inevitablemente, el diagnóstico se generaliza al ambiente familiar. Resulta complicado separar a la persona con esquizofrenia de su entorno familiar, social y laboral. La influencia es bidireccional. Podríamos afirmar que es toda la familia quien padece esquizofrenia por los efectos que causa, de manera colateral, en el resto de los miembros de la familia. Pero sería erróneo afirmar que son esquizofrénicos, porque entre el ser y el tener hay una gran diferencia.

 La esquizofrenia no aparece de forma espontánea. Uno no se levanta un día y comienza a perder el contacto con la realidad escuchando voces, creyendo que lo persiguen o cosas por el estilo. Previamente hay una serie de situaciones que inciden en la aparición de la esquizofrenia. Algunas de ellas son los antecedentes familiares o las situaciones de estrés vital.

El tratamiento farmacológico adecuado puede llegar a aplacar la sintomatología positiva, la cuál es la más escandalosa o alarmante (alucinaciones, paranoias, delirios…). Pero igual importancia tiene lo que conocemos como sintomatología negativa. La persona que es diagnosticada de esquizofrenia suele padecer alteraciones del sueño y por ende, del estado de ánimo. Muchas personas descuidan su imagen, su higiene y su alimentación. Se sienten desmotivadas, incapaces de realizar algunas tareas que anteriormente resultaban gratificantes. Pueden sufrir aislamiento social. Bien porque la persona presenta dificultades para mantener sus habilidades sociales (y en algunos casos, nunca se había llegado a conseguir dichas habilidades) o bien porque la ignorancia sobre esta enfermedad y lo peculiar de su manifestación genera un estigma.

Cuando una persona manifiesta un brote psicótico, su entorno más cercano también lo sufre. Y en muchas ocasiones, el entorno se encuentra indefenso ante esta nueva situación. Como en todos los problemas o enfermedades, el apoyo familiar y social juega un importante papel. Aun así, es habitual que en las familias donde existe un miembro con diagnóstico de esquizofrenia, coexistan diversas dificultades emocionales y barreras que superar.

Familia. Ilustración Valeria Gallo

La búsqueda de ayuda profesional es un elemento importante. El apoyo psicológico a la familia y a la persona con esquizofrenia puede ayudar a sobrellevar el cambio. No deja de ser una pérdida/transformación de algunas capacidades o rasgos y por tanto hay un período de duelo para todos. Además se requiere un acompañamiento para conocer la enfermedad y algunas pautas de actuación.

Hay que tener en cuenta que después de una descompensación psicótica y la remisión de los síntomas positivos, es necesario un periodo de rehabilitación que va en función de los recursos personales y los apoyos que tenga la persona. El reemprender la actividad anterior no debe ser un reto demasiado complicado para la persona. Si llega a generar cierto estrés, exigencia o frustración por no conseguirlo, puede ser peor para la recuperación. Aun así, no hay que perder de vista que lo más adecuado es buscar la normalización de la rutina lo antes posible. La familia también. Esto ayudará a la recuperación de la autonomía y a la responsabilización de su enfermedad.

Recuerdo que la aparición del trastorno no significa que la persona sea esquizofrénica, sino que sería más adecuado decir que tiene un trastorno esquizofrénico. La persona puede ser tímida, sociable, arrogante, amable, etc. Este cambio en nuestro leguaje favorece la eliminación del estigma de la persona. Si se considera un trastorno podrá ser tratado. Evidentemente, condiciona algunos aspectos de la vida, pero no determina quién es la persona y la familia en realidad.

 Al tratarse de un trastorno mental, muchas personas dejan de ver a la persona para ver el diagnóstico. ¿Cómo podemos facilitar la rehabilitación o la integración de personas con diagnóstico de esquizofrenia si solamente somos capaces de ver sus dificultades, sus “locuras”?

Para un tratamiento psicológico y un acompañamiento terapéutico familiar es imprescindible conocer la historia de vida, lo que ha ido pasando en aquella familia. También como se relaciona la persona, que aficiones tiene, que actividades realiza, que le motiva, etc.

No hemos de olvidarnos que la estructura psicótica de la persona determina, a veces, la forma de pensamiento y la expresión de las emociones y la conducta. A pesar de ello, el terapeuta ha de saber ir más allá del diagnóstico. Ha de poder ver a la persona y trabajar con su malestar y con los recursos personales que tiene para que pueda sacar el máximo provecho para tirar adelante.

Y esta mirada más normalizadora es la que se ha de transmitir también en el trabajo con la familia. No pretendo obviar las dificultades del día a día de una familia con esquizofrenia, pero sí que considero importante focalizarse en aquello más sano, más prometedor, más útil para mejorar la calidad de vida.

No es un camino sencillo. Hay miedos, dudas y expectativas. Es un camino que no se ha de hacer en soledad. La comunicación es una buena herramienta. Y el saber pedir ayuda es un primer paso para empezar a consolidar el deseo de querer sentirse mejor. Un buen apoyo psicológico especializado puede ayudar a comprender el trastorno y sus consecuencias en la vida diaria familiar.

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