Baby crying

“No se llora”: La mala educación (emocional)

Estamos en la era de la explosión de la ansiedad y la depresión, las emociones parecen haberse vuelto locas (¿o somos nosotros las volvimos locas a ellas?), la gente demanda métodos continuamente para poder CONTROLAR las emociones… los más moderados hablan de gestión de las mismas, aparece cada vez con más fuerza una cosa llamada educación emocional, como método preventivo.En cualquier caso, parece que en general no sabemos qué ni cómo hacer con ellas; y si miramos un poquito hacia atrás en el tiempo puede que hallemos algunas pistas sobre el cómo llegamos al momento actual.

Cuantas veces no escuchamos (o NOS escuchamos) decir a una niña o a un niño (estos son los mayores daminificados, por aquello de pertenecer al sexo fuerte) aquello de “niñ@, no se llora”… o el doloroso “llorar es de niñas o de bebés” (cuando curiosamente tampoco a los bebés se les “permite” llorar)… o el invalidante “por eso no se llora”. Vivimos en una cultura que desde que el niño o niña nace intenta erradicar o coartar la parte emocional más tierna y frágil… demasiado pronto empezamos a llevarnos mal con lo vulnerable, y a transmitirlo a los más pequeños de forma muy directa. Llorar está mal visto, incluso a veces es castigado. Y este regalo nos lo llevamos en la mochila para el resto de la vida, y así, cuando a lo largo de ésta aparece de nuevo la tristeza o la angustia, nuestra primera reacción para con nosotros mismos es la represión, la negación y/o el autocastigo: “pues como me trataron, me trato”.

Difícilmente por este camino podremos atender al origen de nuestra pena y hacer lo que necesitemos al respecto. Y esto estamos creando a base de la cultura del no se llora; niños y niñas que se sienten menos por verter lágrimas, que han aprendido que éstas son malas, o incluso peligrosas, que no deben ser escuchadas, sino tapadas… guardar y guardar, esconder, hasta que la olla a presión explota en forma de las tan conocidas depresiones y ansiedades. Y aún nos preguntamos…. ¿por qué me pasa esto a mí?.

Poder estar ahí, poder llorar con tranquilidad, en paz, sabiendo y sintiendo que tiene sentido, es un ejercicio que per se alivia el alma y consuela en compañía, es un proceso de sanación sencillo y básico, y que desperdiciamos con el maldito “niño no llores”… probablemente estos “niños llorones” son los más necesitados de un espacio de libertad donde poder soltar lo suyo, y sentirse amados y aceptados en ello… sin juicios sobre lo bueno, malo, adecuado o inadecuado.

Así pues, si el niño (o el adulto) llora, qué tal si probamos acercarnos con amor y respeto, a mostrar nuestra presencia y acompañamiento respetuoso, a preguntar ¿qué necesitas?… y es que para empezar poco más puede hacer falta. Desde ahí transmitimos sin palabras esto de: puedes mostrarte vulnerable, me quedaré contigo, no te haré daño, quiero escuchar… aquí estoy.

Las emociones siempre tienen sus razones… y siempre encuentran un cauce por donde asomar… dejémoslas hablar y aprendamos a escuchar.

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