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Érase una vez, la importancia de los cuentos infantiles

Los cuentos de hadas tienen una larga y tradicional trayectoria. Han pasado de generación en generación y van más allá de las diferencias culturales. Es por ello, que diversos autores de la psicología han estudiado su funcionalidad en el desarrollo infantil.

Un ejemplo de ello es el psicoanalista Bruno Bettelheim. Según Bettelheim, los cuentos de hadas estimulan la fantasía del niño y cumplen una función terapéutica. En la narración del cuento se exponen experiencias, pensamientos y sentimientos universales y fácilmente identificables para un niño. Reflejan los motores y deseos humanos. Por medio del lenguaje simbólico, ayudan a superar ataduras emocionales, porque a pesar de la angustia de algunas situaciones, acaban con un final feliz y estas situaciones desagradables son las imprescindibles para que se desarrolle la historia.

En los cuentos están presentes el bien y el mal, encarnados por el héroe y el malvado. A pesar que en la realidad no todo es malo o bueno, el mostrar esta dicotomía de manera radical, ayuda a los niños en un primer momento. Más adelante, la vida ya irá limando aristas. El niño se identifica con el personaje principal, el que lucha por el triunfo del bien. Esta identificación permite resolver conflictos internos inconscientes y liberar pulsiones. La agresividad y el deseo sexual se canalizan a través de la historia, haciéndolas asumibles y aceptándolas.

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Otra de las funciones de los cuentos de hadas es su papel en la construcción moral e intelectual infantil. La lucha entre el bien y el mal, la consecución de objetivos y las acciones de los personajes encaminadas hacia esos objetivos, dotan de sentido a la historia, es decir, a la vida.

Estimulan la imaginación y dan rienda suelta a la fantasía, a través de la cual se pueden esclarecer las emociones. En todo cuento aparecen miedos, conflictos y dificultades, que son afrontadas por los protagonistas con el fin de solucionarlas. El triunfo del bien hace pensar que hacer el mal no resuelve nada.

Es destacable la cantidad de simbología que utilizan. El psicólogo humanista Carl G. Jung manifestaba que los símbolos pueden ser conscientes reflejando aquellos conceptos que nos pueden resultar difíciles de explicar. Y también pueden ser inconscientes apareciendo en forma de sueños. Añadiríamos que los símbolos en el cuento ayudan al niño a entender ciertos asuntos, a poner palabras a conflictos humanos difíciles de definir.

Siguiendo el hilo de la simbología, el autor Sheldon Cashdan, en su libro “La bruja debe morir”, dedica algunos capítulos a determinar qué pecados, censurados por los adultos, quedan reflejados de manera simbólica en los cuentos. Algunos ejemplos sería la avaricia de Juan y las habas mágicas, la vanidad de la madrastra de Blanca Nieves y los Siete enanitos, la lujuria de la Sirenita, entre otros.

En estos momentos, quizás no debamos buscar en cada elemento del cuento infantil un doble sentido, sino que lo interesante es comprobar como este formato de historia, transmitida de manera oral, aporta algo al desarrollo infantil que resulta fascinante. Es fascinante porque se mantiene a través del tiempo. Poco nos ha de importar que la capa de la Caperucita Roja sea roja porque simboliza la menstruación y el consecuente paso a la edad madura de la joven, porque lo que el niño captará será el riesgo de transgredir la orden de la madre o la amenaza de desconocidos (el lobo).

En conclusión, es altamente recomendable continuar con la tradición de los cuentos de hadas. Es una manera de ofrecer a nuestros pequeños la posibilidad de acercarse al mundo de la fantasía y de rebote, a la realidad de un mundo social donde las dificultades existen y el protagonista suele apechugar y afrontarlas de cara. Toda la aventura para que el bien triunfe.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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